La bruja
Matilde revolvía los bolsillos de su pantalón en busca de alfileres. Tomaba un par y caminaba al fondo de su casa, al gallinero. Las gallinas cacareaban hasta morir mientras ella pronunciaba extraños conjuros.
―¡Acólom acáchi!―gritaba, dos tres, cuatro veces. Esas eran, las palabras mágicas para recuperar maridos.
Una tarde, llegó a su casa una señora desesperada. Era ella, Gloria, la esposa del simpático taxista del barrio. Vino a pedir ayuda.
Mujeriego el hombre, llevaba varios días sin aparecer por la casa.
―¿Se habrá ido a vivir con la otra? ¿Habrá muerto?― se preguntaba Gloria antes de dormir, acostada en su cama, sola y con hijos que alimentar.
Matilde la escuchaba. De reojo, observaba el vehículo de la señora. Al rato, volvía a mirarla a los ojos y aparentaba seriedad. Le echaba un vistazo a los anillos y a las joyas que llevaba por el cuello. Calculaba el precio que le cobraría por recuperar al hombre.
―La ayudaré, recuperaré a su marido en menos de 48 horas. Son 100 dólares.― le dijo, con la máxima seriedad posible.
Ganaba bien con la brujería. Curiosamente cuando le faltaba el dinero, bastaba con pronunciar conjuros para separar parejas y a la semana caían nuevos clientes.
Al siguiente día el hombre volvió. Sano y salvo, con rastros de labial en el cuello. Discutió por horas con Gloria, y ella lo perdonó como había hecho en ocasiones anteriores.
El buen comportamiento y la promesa del taxista no duraron ni una semana. Volvió a desaparecer y Gloria, volvió a la oficina de la bruja. Esta vez, con mayor desesperación.
―Desapareció otra vez mi marido. Hace que vuelva por favor.― le suplicaba a Matilde y sacaba de su cartera unos 200 dólares.
―Recuperaré a su marido de nuevo, en menos de 48 horas.― dijo y reía a carcajadas en su interior.
Pasó un mes y el taxista no apareció. Gloria iba junto a Matilde y esta, no le abría la puerta. Mató a todas sus gallinas y utilizó todos sus alfileres.
El chisme corrió de boca en boca y su negocio se hundió rápidamente.
―Esa Matilde es una estafadora. A Ña Gloria le cobró 200 dólares por recuperar a su marido y jamás apareció.― comentaban todos. Las cajeras de los supermercados, los choferes de colectivo y los estudiantes en sus recreos.
Ni ella misma encontraba manera de explicar lo sucedido. Era la primera vez que un conjuro le fallaba. Pasó un año, la navidad sin pan dulces y su cumpleaños sin regalo alguno.
Dejaron de acudir a ella los exitosos empresarios de corbata y dientes blancos que querían mejorar aún más su negocio. Ya ni las esposas celosas ni los enfermos le pedían ayuda.
Desafortunadamente, tocaban su puerta arruinados sin novia y hombres de traje que le ofrecían alguna nueva religión y le dejaban folletos con lindo olor bajo la puerta.
Recién cuando la alguna vez exitosa bruja decidió mudarse a otra ciudad para probar mejor suerte, se enteró de que el taxista había sido brutalmente asesinado.
El hombre engañaba a su esposa con una tal Marina, que era casada. Un esposo acabó con el otro.
Matilde no podía revivir gente, no se lo enseñaron cuando estudió para ser licenciada en brujería.
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Ahora escribo también en "Astronauta Casero", cosas cortas y textos sin terminar.