Viaje

Comentarios 10/1/2010

Levantemos las manos para que se detenga el colectivo. Subamos angustiados y digámosles al chofer que nos lleve al carajo.

Lloremos durante el viaje, preferentemente con lágrimas saladas, inquietas, que bajan hasta el suelo atraídas por la gravedad. Sequemos nuestras lágrimas con los abundantes pañuelos que podremos encontrar en el basurero.

Es un viaje corto, que cualquiera podría aguantar. A esto se debe la popularidad de nuestro destino actual. Cualquiera puede ir al carajo.

Bastará con estar sentado en los cómodos asientos verdes y mirar la ventana de tanto en tanto.

―No se ve un carajo.― suele gritar el chofer cuando ve que miramos por la ventana y aún falta mucho para llegar.

Mi tío siempre recomienda que llevemos libros a este viaje. Aunque no importa, con o sin ellos, nos vamos al carajo.

Pensemos en toda esa gente que realiza viajes astrales, viajes al centro de la Tierra, viajes a las estrellas, viajes en el tiempo. Y confíemos en que este viaje es mucho mejor, porque en ningún otro viaje se viaja con esta misma tristeza.

―¡Al carajo!― gritará el chofer en algún momento mientras detiene el colectivo. Tendremos que bajar corriendo por la puerta trasera, sin decir adiós, sin mojar los asientos verdes con nuestras lágrimas por última vez.

Arderán nuestros ojos en ese momento, de tanto llanto, de tanto pensar en que hemos dejado la canilla del baño abierta y se inundará la casa. Y seguiremos llorando, esta vez sin pañuelos.

Siguiendo la recomendación del tío, caminaremos hasta la plaza y notaremos que no hay ni pajaritos ni árboles. ¡Qué tristeza!

El carajo está lleno de humo, de gente mala. Nos preguntaremos porqué nos han recomendado este lugar. Y creeremos por un instante que somos iguales a esta gente.

El hambre llegará rápido, las ganas de merendar. Así que buscaremos algún café, algún copetín, alguna despensa. Recorreremos cada calle sin nombre y cada esquina llena de basura, de latitas rojas.

Recién sobre la calle Rancho Grande veremos el copetín de Don Papi. Nos preguntaremos porqué nos han mandado al carajo y mientras lo hacemos Don Papi nos saludará con su remera blanca llena de sudor.

Su ombligo nos asustará pero lo ignoraremos pues es el único hombre que puede prepararnos la merienda. Le pediremos dos o tres tazas de café, tres o cuatro medialunas, cinco o seis servilletas.

Beberemos el café apresuradamente y Don Papi comenzará a contar la historia de su vida, historia que no queremos escuchar. Extrañaremos al chofer, que nos miraba a través del retrovisor mientras fumaba y conducía. Deslizaremos el cierre de una de las maletas, arrojaremos las medialunas dentro. Correremos con las servilletas dobladas por la mitad en la boca, llenándose de saliva.

Abandonaremos Rancho Grande y aún desde lo lejos alcanzaremos a ver la cara que pone Don Papi cuando le roban tres o cuatro medialunas.

Tal vez comenzará a llover, tal vez escucharemos truenos, tal vez Don Papi nos persiga.

Lo mejor será que corramos a la terminal, a esperar el próximo colectivo. Mientras esperamos peguemos un telefonazo a esos amigos que nos recomendaron este lugar, invitémosles. Que vengan, que vengan al carajo.

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