De nuevo las nubes se han puesto a llorar. Gotean su tristeza sobre nuestras tejas protectoras y sobre nuestras cabezas.
Algunos llevan sombrillas y otros han olvidado sus sombrillas en la casa de alguna tía. Así que caminamos y nos basta con sacar la lengua para calmar nuestra sed.
Están frías nuestras orejas y ni la melodía más perfecta puede ayudar.
Los vehículos nos rozan a toda velocidad, aplastando los charcos y mojándonos. Muy en el fondo, sabemos que la verdadera culpa es de los charcos, que se vienen a poner justo ahí, frente a nosotros.
Algunos llevan el sombrero puesto y les pica, desean rascarse pero no quieren humedecer sus cabezas. Así que continúan con el sombrero puesto y sonríen porque los sombreros que fabrican aguantan cualquier diluvio.
Caminamos con el pelo mojado y estamos seguros de que ningún peluquero nos atenderá con un pelo humedecido por el llanto de las nubes.
Llegamos a nuestra casa al fin y la abuela nos dice que Dios está enojado, que por eso está lloviendo. Le decimos que no, que son las nubes las que tienen algún problema con el novio o quieren plata para salir, que Dios está trabajando sonriente.
Nos acostamos a dormir con el pelo mojado y las orejas frías, abrazando nuestras almohadas.
