Ahí nos sentábamos a mirar cómo los mosquitos iban entrando por la ventana. A veces los contábamos y otras veces nos quedábamos dormidos. El ventilador giraba siempre sin ganas y con la luz tan intensa no se podía leer en paz.
La señora Agustina aparecía cada tanto, trayendo potes de ensalada que jamás comíamos y que dejábamos para el gato. Los guardábamos en la heladera hasta que el gato del vecino trepaba la muralla y saltaba cayendo en nuestro patio.
Vivíamos felices aunque también llorábamos un poco cuando los vasos se rompían, un plato se hacía trizas, algún cuchillo quedaba sin filo o llamaba gente desconocida.
Por las noches te pintabas las uñas, siempre de rojo. Por las mañanas, las mordisqueabas. Los fines de semana solías cambiar de color y aún así quedaban lindas. Nos entristecían mucho los días lluviosos y las ventanas empañadas, entonces te pedía que las pintes de negro.
