Las botas

Comentarios 3/2/2010

Una tarde, N camina por la calle Malutín con una sombrilla. De las profundidades del bolsillo derecho rescata un cigarrillo y por instantes está feliz aunque no sonríe. No tiene forma de encenderlo así que sigue caminando. Al doblar la esquina se detiene.

―Amigo ¿Tenés fuego?― le dice al señor desconocido que está sentado en el suelo. Desconfía, señor desconocido y calle desconocida. El hombre tarda en responder, N cree que la gente con canas es así.

―Sí.― responde, levantando la cabeza. De algún lugar saca un encendedor y se lo entrega. N enciende el cigarrillo y se toca la punta de la nariz con el dedo índice sin saber por qué lo hace. El desconocido lo mira como pidiendo que el encendedor le sea devuelto. N lo devuelve, agradece y pega la vuelta.

De nuevo camina por la calle Malutín, esta vez fumando bajo la preciosa protección de la sombrilla. Al pasar frente a la tienda de calzados, agacha la cabeza y mira los suyos. Botas marrones, embarradas, botas que golpean charcos. Rápidamente decide quitarse las botas. Entonces las deja en el medio de la vereda.

―Adiós queridas botas.― susurra. Lo miran, la mujer que atiende en la tienda de calzados lo mira, el oficial de policía lo mira, el hombre del copetín lo mira. Siente frío en los pies, lo ignora y sigue caminando.

N extraña sus botas pero está muy seguro de que dejarlas libres fue algo bueno. Ahora podrían caminar solas o divertirse pisando los talones de los señores desatentos que caminan por la vereda.

Se detiene ante el primer charco, del bolsillo derecho saca el llavero y lo arroja. El llavero se hunde instantáneamente, tal vez porque las llaves pesan mucho o los charcos tienen demasiada hambre.

N se tapa los ojos con ambas manos. N tiene ganas de vivir en otra casa y conocer otra habitación y otro patio y otra sala y otro reloj y otros zapatos.

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