El señalador

Comentarios 1/3/2010

Una tarde, usted abandona su departamento para deambular por la ciudad. Comienza pisando las veredas de la calle Malutín mientras trata de recordar en qué pagina del libro que estuvo leyendo ayer dejó el señalador. Cabe la posibilidad de que haya olvidado enterrar el señalador o de que lo haya dejado en la página ciento veinte antes de cerrar los ojos para dormir...

Abandonó su departamento para vagar, como otras veces en las que ya no volvía a casa y se acostaba a dormir en cualquiera de los bancos de la plaza. Pero decide que no, le llevará ese libro a ella. Así que se concentra porque si llegara a desconcentrarse podría perder el equilibrio necesario para caminar por una vereda así de delgada, y alguno de los camiones que conducen rozando la vereda podría aplastarlo.

No le llevará un señalador. Ella cree que lo señaladores son para gente que se duerme cada equis cantidad de páginas, viejos que no pueden desvelarse para saborear una novela. Es una de esas chicas que leen de un tirón.

Tal vez usted es un viejo de anteojos que despierta muy temprano los domingos para darle de comer al perro y hablar con él, contarle lo terrible que se siente estar solo. Su caminar es como estar remando con un solo brazo, un caminar agotado y aburrido, un caminar lento.

La calle Malutín es larga, cada sábado crece un poco más. Además este śabado es frío, y el montón de transeúntes que camina con las manos metidas en los bolsillos ocupa casi toda la vereda. De pronto usted escucha unos llantos infantiles, mira a la derecha y se da cuenta de que se encuentra frente a una guardería. Se detiene a pensar en los bebés que duermen allí, que se acuestan en cunas ajenas, congelándose hasta que sus padres regresan del trabajo, los bebés que se meten los dedos en la nariz y no tienen vergüenza. Y no, no tiene hijos o los tiene y los ha olvidado o ellos lo han olvidado a usted.

Ella vive lejos. Viviría más cerca si usted remara con ambos brazos pero como ya mencioné, usted es un viejo que rema con un solo brazo. Ya extraña el edificio en el que vive, la gente cantando en sus duchas, haciendo el papel de los pajaritos en cualquier árbol de cualquier casa de campo. Podría pegar la vuelta, podría volver y olvidarse de que ella lo espera para merendar. Debe acelerar el paso.

Así que trata de caminar un poco más rápido, y lo hace, hasta encontrarse con la solución para llegar puntual. Un pelado sonriente estaciona su vehículo junto a usted y le pregunta a dónde va, un taxista pelado sonriente que conduce un hermoso Mercedes Benz, un taxista pelado sonriente le abre la puerta. Usted sube, el asiento está frío y ahora sus piernas también.

Viajan en silencio. De verdad es muy raro porque los taxistas suelen entrevistar a sus clientes como entrevista un oficial de policía a cualquier carterista que acaba de ser aprehendido. Tal vez el taxista es simplemente muy tímido. Ni veinte minutos y finalmente arriba. El taxista escupe la cifra, usted hunde una mano en su billetera y retira un billete muy serio de cincuenta mil guaraníes. Abre la puerta y baja.

Usted está frente a ella, frente a su casa. Se limita a aplaudir con las manos irritadas por el frío, le duelen mucho las manos. Terriblemente nadie atiende y usted no es de los que se quedan con los brazos cruzados.

Un suspiro largo, el cerrojo del portón a un lado y se encuentra dentro de la casa. Cree que tal vez está durmiendo. Camina hasta la puerta que da al zaguán y no se le ven los pies de tanto césped largo y descuidado. Se mete las manos en los bolsillos, cierra los puños y empuja la puerta con el hombro derecho.

Ella está recostada en el sillón vistiendo un pijama blanco. Tiene manchas de sangre en el cuello, los brazos le cuelgan. Usted se acerca, le pasa la mano por el rostro, ya no respira. Usted cree que es un mal día, un mal sábado con acento. Beatriz Almada está muerta.

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