Están gastados los brazos del sillón, como si unos viejos hubiesen estado sentados por años, leyendo libros y pidiéndole a sus esposas que preparen la cena. Las máscaras están colgadas por la pared y ya no les tengo miedo, ahora tienen flores, una flor a cada lado. Antes estábamos las máscaras y yo, sumergiéndonos en alguna noche fría, ellas haciendo que tiemble de miedo, señalándome a los fantasmas con la mirada...
También está la mesa, a la que le ponen un mantel para ocultar nuestros garabatos infantiles, rodeada de cuatro sillas históricas con las que construíamos naves espaciales, en las que viajábamos hasta que despertaba la abuela y debíamos dejar de soñar con todo eso.
Ustedes no conocen la casa vieja, nunca vieron la punta del martillo que quedó en la pared, la que dejaron los albañiles cuando la construían, y nosotros creyendo que era el dedo de un esqueleto. Un esqueleto ahí junto al baño, un esqueleto que hacía que orinemos menos y nos lavemos menos las manos. El dedo índice de un esqueleto apuntándonos, mostrándonos a los demás esqueletos que andaban por la casa.
La vecina que cavaba su patio en busca de oro, y nosotros sentándonos afuera esperando que de alguna forma llegue a nuestro patio y saque la cabeza entre el césped para saludar o que nos invite a gatear por aquel túnel oscuro y asfixiante. Aquellas cucarachas enormes que aparecían a cada rato, desfilando por toda la casa, metiéndose al hogar sin tocar el timbre. Aquellas cucarachas que seguían caminando aún sin la patita de atrás y que recién dejaban de vivir cuando las combatíamos con tres escobazos y dos zapatillazos.
En el frente, el árbol gigante, un edificio de pájaros, sin escaleras ni ascensores, cosa que nos entristecía porque no lo podíamos trepar. Entonces nos quedábamos abajo, con las hormiguitas, nuestras primeras hormigas y sufríamos nuestras primeras metidas de pata en los hormigueros.
Un día nos mudamos. Se mudaron, porque esta no es mi casa. Se mudaron los sillones, las máscaras y la mesa. El esqueleto también, se mudó y está ahí apuntándome, atrapado en la pared, pidiéndome que escriba, diciendo que no quiere ser olvidado.
