Qué escalofríos sentí hoy, cuando me cepillaba los dientes en el baño. Hubiese muerto de un susto pero mi toalla estaba allí y debe saber usted que las toallas me han hecho sentir seguro siempre.
Así que me abracé a ella, hermosa toalla gris, regalo de mi única hermana cuando cumplí cuarenta y dos. Araña, era una maldita araña negra.
Nos miramos por varios instantes, nos envidiamos. Nos insultamos con la mirada, sin parpadear. Ella con sus cuatro pares de patas. Y yo, desnudo, abrazando mi toalla, sólo con dos patas como cualquier otro humano.
Sé que quería hablar, sé que quería insultarme. Porque las arañas me insultan constantemente, viniendo a tejer telarañas en mi baño, matando a las hormigas que tanto quiero. Maldita araña negra.
Entonces volví a pensar en sus patas. Patas, cortarle las patas ¿Cuántas? ¿Cuántas patas? Un par. Podría cortarle un par, para que sufra como sufro yo cuando cuando admiro sus telarañas.
Caminé lentamente sin dejar de pensar en sus patas negras, caminé a mi habitación. Abrí el cajón y tomé una tijera. Tengo muchas tijeras, demasiadas. Veinte, treinta tal vez.
Mis pasos sigilosos me llevaron al baño de nuevo, sin haber cerrado el cajón, dejando al descubierto mis tijeras puntiagudas y oxidadas. Maldita araña negra, le cortaría las patas de un tijerazo.
Me acerqué a ella. Nos miramos fijamente pero no me importaba, pensaba y pensaba. ¿Qué hacer con un par de patas de araña? ¿Arrojarlas a la basura? No. ¿Vendérselas a alguien? No.
Se concentró mi rabia en tres dedos de mi mano derecha... Tijera. Tijerazo, tijerazo. Nos volvimos a mirar, maldita araña negra.
Ya no, cuatro patas, ya no. La tomé, la coloqué en la palma de mi mano y dejé que se vea en el espejo. No hubo llanto, tal vez lloraría recién de noche, antes de dormir.
Sonreí y la solté en el suelo del baño. Vete araña, déjame en paz. ¿Ves lo difícil que es caminar como nosotros? Maldita araña negra.
