Yo no puedo recordar a los desconocidos. Usted sí, recuerda caras y nombres. Recordar, recordar.
Recuerdo cuando pasábamos las tardes en el techo, a punto de caer y junto a las tejas. Cuando hablábamos con cada señor desconocido que pasaba por nuestra vereda.
Ahora que está lejos, lavando platos en un hogar de ancianos, ahora, la extraño. Antes no, antes prefería cerrar los ojos y dormir.
Le escribo en varias servilletas, servilletas robadas de aquel restaurante al que me solía llevar a cenar. Cada vez que íbamos, secretamente tomaba un par y les anotaba la fecha. Así que me sé de memoria, las fechas de las tantas veces que nos vimos.
Mañana vuelvo a escribirle. Debo luchar con el escarbadiente ahora.
