¿No lo sientes? ¿no te espanta ese silbido
que ha salido del espeso matorral?
No es el grillo, ni la víbora
ni el fatídico chirrido del zuindá.
No es el viento que silbando se detiene
del callado cementerio en un ciprés.
Ni el arroyo en su salterio
cuyas notas se repiten con monótono sostén.
No es la voz con que se queja a media noche
tristemente en el boscaje urutaú,
no la débil voz doliente con que el pora nos revela
sus angustias cuando deja el ataúd.
Ni siquiera es el rapaz que nos visita
para hablarnos como el cuervo de Poe,
de Eleonora, de la amada que en su lecho
duerme tierna y soñadora, recordándonos tal vez.
Es el duende de la tierra que el Progreso
relegara a las estultas fantasías sin piedad...
es el genio de las noches paraguayas
que en el prado se desliza por el medio del chircal.
Es la sombra del pasado
Es el alma del indígena infeliz,
el fantasma que abandona con el véspero
su sepulcro guaraní.
Es el indio. Es el Pombero,
a quien llaman guaicurú
que se viste de follaje de las selvas
y el plumaje del ñandú.
En la sombra que los árboles arrojan
de la luna el resplandor
y en el hueco de troncos y en las zanjas
y en las grutas, sin un eco, se agazapa con temor.
Es el cuco. No os sorprenda niños míos,
que es un cuento, pero un cuento contra el mal.
Es vampiro misterioso que del niño vagabundo
chupa sangre con afán.
Al conjuro del muerciélago despierta
la luciérnaga le anuncia con su luz,
cuando rasgan con sus lampos
de las noches funerarias el capuz.
Él no corta el aire al sesgo de su vuelo
como el ave de rapiña nocturnal:
él se arrastra con sus silbos más temible,
más ligero que el veloz ñacaniná.
No hay gorjeo, no hay graznido,
no hay murmullo que no sepa repetir;
pues sus presas él atrae con sus remedos,
sus remedos de falaz cavureí.
Amalgama de hombre y fiera,
mitad ave sin sus alas, y serpiente otra mitad,
es el genio de las noches, en la tierra paraguaya,
y el cadáver errabundo de la raza de Guairá.
Por Ignacio Alberto Pane.
