El Pombero (Ignacio A. Pane)

Comentarios 15/8/2010

¿No lo sientes? ¿no te espanta ese silbido

que ha salido del espeso matorral?

No es el grillo, ni la víbora

ni el fatídico chirrido del zuindá.

No es el viento que silbando se detiene

del callado cementerio en un ciprés.

Ni el arroyo en su salterio

cuyas notas se repiten con monótono sostén.

No es la voz con que se queja a media noche

tristemente en el boscaje urutaú,

no la débil voz doliente con que el pora nos revela

sus angustias cuando deja el ataúd.

Ni siquiera es el rapaz que nos visita

para hablarnos como el cuervo de Poe,

de Eleonora, de la amada que en su lecho

duerme tierna y soñadora, recordándonos tal vez.

Es el duende de la tierra que el Progreso

relegara a las estultas fantasías sin piedad...

es el genio de las noches paraguayas

que en el prado se desliza por el medio del chircal.

Es la sombra del pasado

Es el alma del indígena infeliz,

el fantasma que abandona con el véspero

su sepulcro guaraní.

Es el indio. Es el Pombero,

a quien llaman guaicurú

que se viste de follaje de las selvas

y el plumaje del ñandú.

En la sombra que los árboles arrojan

de la luna el resplandor

y en el hueco de troncos y en las zanjas

y en las grutas, sin un eco, se agazapa con temor.

Es el cuco. No os sorprenda niños míos,

que es un cuento, pero un cuento contra el mal.

Es vampiro misterioso que del niño vagabundo

chupa sangre con afán.

Al conjuro del muerciélago despierta

la luciérnaga le anuncia con su luz,

cuando rasgan con sus lampos

de las noches funerarias el capuz.

Él no corta el aire al sesgo de su vuelo

como el ave de rapiña nocturnal:

él se arrastra con sus silbos más temible,

más ligero que el veloz ñacaniná.

No hay gorjeo, no hay graznido,

no hay murmullo que no sepa repetir;

pues sus presas él atrae con sus remedos,

sus remedos de falaz cavureí.

Amalgama de hombre y fiera,

mitad ave sin sus alas, y serpiente otra mitad,

es el genio de las noches, en la tierra paraguaya,

y el cadáver errabundo de la raza de Guairá.

Por Ignacio Alberto Pane.

Enemigos Imaginarios

Comentarios 4/8/2010

I

El señor Amaral había llegado tarde aquel día, con los anteojos tamaño lupa y el vehículo destrozado. Ni María Teresa ni yo pudimos contener las risas que desató el pequeño Corsa estacionado frente a casa, con el caño de escape oxidado y tocando el suelo como un impotente falo. El señor Amaral había atravesado varios cientos de kilómetros para venir a casa y ajustar cuentas con la abuela Irene. Pero la abuela Irene no estaba.

―¿Dónde está Irene?― preguntó un arrugado señor Amaral.

―No está aquí. Está en el hospital, internada.―

―¡Carajo! ¿Planea salirse de este mundo sin pagar sus cuentas?―

―¿Y qué le vamos a hacer señor? Vuelva en unas semanas y yo veré qué hacer.― respondí, con el corazón palpitando agresivamente.

Lo observamos mientras subía al vehículo y cerraba la puerta tan bruscamente como para que no fuera a abrirse nunca más. María Teresa llenó la casa de candados gigantes y se acostó a dormir. La idea de que el señor Amaral tuviese matones a su servicio le habría espantado el sueño hasta las tres de la madrugada. Ella misma lo confesó al despertar. Le dije que no, que dejara de ver películas de mafiosos, que un viejo enclenque como él no sería capaz ni de espantar a un sapo.

María Teresa aprovechaba la ausencia de la abuela Irene para desplomarse en el sillón, poner reggaeton a todo volumen y acariciar al pequeño gato con los pies descalzos. María Teresa nunca le tuvo miedo a la toxoplasmosis. Irene sí, y por eso solía preparar un grueso y sólido chicote hecho de papel diario (sección deportes o política), con el cual espantaba al felino compañero. A mí me daba igual.

Transcurría octubre cuando una mañana sonó el teléfono y al atenderlo con ansiedad/prisa identifiqué la voz del buen doctor Carrillo: La abuela Irene, tan enferma y podrida, había fallecido. El doctor Carrillo habría presenciado aquel momento, aquel bostezo final y sin disimulo que deja al alma salir. Irene finalmente se había ido como solía hacer, sin despedirse.

Ante la trágica noticia no hallé mejor remedio que llorar, violando la ley universal del macho ("los hombres no lloran")... Pues los hombres lloran, claro que sí, las glándulas lacrimales no están de adorno. También María Teresa lloró y habríamos llenado palangas con tanto llanto.

Ni siquiera habíamos asistido al funeral. Queríamos olvidarlo todo. Así que empacamos nuestras cosas y nos iniciamos en la búsqueda de un nuevo techo. Necesitabamos un buen departamento, preferentemente con balcón puesto que a mí me encantan los balcones.

Hallamos uno.

II

Francisco iba por la calle vestido con la ropa de su difunto abuelo, con unos pantalones enormes en los que cabría una familia completa. María Teresa junto a él, enganchada a su brazo derecho y con vestido rojo. Ambos se dirigían al departamento de Don Luis, buen hombre que juraba les encontraría trabajo y que vivía solo, amargadísimo, loco por la repentina invasión de cucarachas en el sexto A.

Don Luis, ingeniero electromecánico con esperanzas de jubilarse pronto y dejar de atender las maquinarias del periódico Equis. Vivía tranquilo junto a su calculadora/computadora en el sexto piso, departamento A. Matando cucarachas cada dos por tres, y es que se le subían a los pies cuando se echaba a dormir la siesta o bien trataban de ingresar a los misteriosos rincones más allá de su calzoncillo (nacían, crecían, se reproducían y morían en las profundidades del sillón).

Francisco iba por la calle mitad ensordecido tal cual Van Gogh, responsabilizando a María Teresa y sus discos de reggaeton de la parcial sordera. Casi feliz de haber pactado una cita con un médico otorrinolaringólogo aunque temiendo seriamente que lo correcto hubiese sido una cita con el audiólogo (que tiene un nombre más corto, y según lo investigado, se especializa en cosas de la oreja y de más allá de la oreja).

El verdadero interesado en conseguir trabajo había sido siempre Francisco. De hecho María Teresa no sabía hacer mucho, el significado de las siglas C. V. le causaba intriga y la palabra currículum la asociaba automáticamente con supositorios, que a su vez, le recordaban a su estreñida niñez.

Finalmente el encuentro se concretó.

―Supongo que usted no sabe Don Luis, lo horrible que es salir de un departamento -el nuestro- para entrar a otro. Además, pregúntele a mi querida María Teresa: el ascensor de este edificio es más lento que un caracol.―

―¡Di-di-disculpe Fran-fran-cisco! Es que no hay otro-tro-tro techo bajo el cual dor-dor-mir.― respondió Don Luis.

María Teresa ya se había sentado en el sillón cuando Don Luis la vio y decidió advertirle que en el sillón de las cucarachas nadie se sienta excepto él, que no es un sillón para damas. Francisco prefirió seguir de pie al igual que Don Luis, apoyando la palma de la mano en el borde de la mesa. María Teresa ignoró la advertencia.

―¿Qué tal se vive aquí, Don Luis? ¿Será que los mormones tocan su puerta con cierta frecuencia?― preguntó Francisco mientras acercaba el dedo a una pequeña tarta que acababa de encontrar sobre la mesa. Siempre habían tartas sobre la mesa de Don Luis.

―Se vi-vi-ve bien... Felizmente-te-te no me visitan los mor-mor-mones. Aunque vienen-en unos chicos ca-ca-tólicos a pedir dona-na-na-ciones.― respondió Don Luis. Francisco saboreaba la tarta. María Teresa lo miraba enchastrarse y luego volvía la mirada a Don Luis, como si las culpables de la tartamudez hubiesen sido tantas tartas.

Del playback

Comentarios 22/7/2010

El teatro se llenó aquel día, trece de octubre de un año que merece ser olvidado (trescientos sesenta y cinco días se olvidan fácilmente). Las puertas se abrieron estornudando polvo a los caciques de la fila, a los que llegaron en punto o minutos antes. No a mí, pues yo no soy tan apurado... A mí me agrada la soledad del último en sentarse, el horizonte de cabezas que complementa al escenario.

Entré mudo, con los pies casi-sordos. Y es que los pies oyen, cuántos sujetos durmiendo y roncando en la vereda, cuántas monedas desprendiéndose/escapándose de los bolsillos. Me convencí de que debía adquirir zapatos mejores o botas de cowboy y finalmente comprendí a la gente que lo hace con mucha frecuencia (generalmente compro un par de zapatos al año, y dos pares de cordones). Entré mudo y fui a sentarme al fondo. Cuando uno entra último o penúltimo ríe mejor, pero debe aprender a disfrutar de la lejanía.

La banda fue ocupando el escenario poco a poco, como las hormigas que salen desesperadas del hormiguero cuando éste es destruido. El primer músico-hormiga en salir fue el guitarrista, acariciando las cuerdas de su guitarra, su huevo de seis cuerdas, aquella extemidad tan bella que no aparece en los libros de anatomía. No le presté atención al resto, y me hubiese gustado. Supongo que ahora puedo echarle la culpa a aquella mujer, aquella momia de sesenta y tantos que entre prueba de sonido y prueba de sonido (el sonido se prueba muchas veces) se atrevió a lanzar críticas contra los protagonistas de la noche.

―¡Mirá el saco de aquel! Está medio desteñido.― dijo, encañonando con el dedo al bajista, quien sobrevivió al inútil disparo mómico sin siquiera haberse percatado de él (para eso sirven las pruebas de sonido).

Apenas inició el concierto comprendí que se trataba de una tropa. Una tropa de señoras con vestido rojo y melena canosa, de paladar artificial y lengua venenosa, una tropa de momias charlatanas no egipcias... Quise luchar contra ellas pero al no tener armas a mano sentí pena. Pena.

Me puse de pie y busqué un asiento en el que pudiese caber bien, uno que se acostumbre a mí y que, por sobre todo, esté alejado de charlatanes. Cuando lo encontré eran las diez de la noche y la banda ya casi había interpretado el repertorio completo.

Durante el último tema salté del asiento, había notado algo. Mis oídos escucharon una melodía de saxofón pero mis ojos vieron al saxofonista quieto y con la boca alejada de la boquilla del instrumento. Mis oídos escucharon a un músico pero mis ojos lo vieron quieto, harto, interpretando la nada o interpretando silencios eternamente.

Me puse de pie por segunda vez. Y volví a sentarme, esta vez en un banco de la plaza Barrios, con los bolsillos repletos de borra, borra robada del teatro ¿Quién es dueño de tanto polvo?

También habré llorado y no lo recuerdo. Fui a recordar el día anterior, porque el día anterior había sido un buen día. Soñé con lo ocurrido varias noches, con el mismo concierto. Y detesté el playback.

Don Cipriano

Comentarios 6/7/2010

Vivía una vez en Escocia -un español radicado en Escocia- un hombre llamado Cipriano, aspirante a escritor que podrido de escribir siempre las mismas palabras decidió crear las suyas propias.

Por tres meses y pico hojeó los estantes milenarios de la biblioteca del pueblo, noche y día, cenando nada o cenando enlatados vencidos. Finalmente habiendo leído más que cualquier bibliotecaria de setenta años, contemplando con rabia la pugna terrenal de ideas y piojos que se llevaba a cabo en su cabeza concluyó que para escribir diferente necesitaba nuevas letras.

Así inició el arduo labor que lo alejó de muchos y lo acercó a otros, esperantistas rapai bombardeando con cartas y folletos diciéndole que se deje de juegos, que aprenda esperanto, etcétera. Lo enemistó con grandes como Cela y la misma Real Academia Española le reprochó que más allá de la zeta no debe existir nada.

Las editoriales entraron en pánico cuando Cipriano comunicó orgullosamente que había ideado unas ocho letras más, y a la vez, debido a la cantidad de combinaciones posibles, unas trescientas palabras. Ni qué decir de las maestras, quienes creyeron imposible enseñar más letras, tachando a Cipriano de viejo loco y contagiando a los alumnos el mismísimo desprecio/odio.

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Un día alguien toca la puerta de su hogar. Cipriano abre y recibe un disparo en la cabeza. El asesino da unos pasos hasta dentro, toma las llaves, llavea la puerta y coloca la llave bajo la alfombra. Corre a la plaza, toma un taxi, llega a su casa y escribe un texto titulado "Don Cipriano".

Encargado

Comentarios 20/6/2010

Soy yo el que atiende el teléfono y dice que el señor no está, que murió hace tiempo. Soy yo el de la voz rasposa, de garganta podrida, el que repasa y barre. Soy yo el que deja reluciente el piso para que pasen las damas, tan tímidas y metidas en tacos blancos o negros, las que no saludan jamás o las que lo hacen con la mirada.

Soy yo el que escucha con atención del otro lado del tubo, sudado y tal vez con un trapo sobre la frente, queriendo saber si el que llama es un policía, algún viejo amigo del señor Barrios o alguna anciana confundida que necesita aspirinas con suma urgencia y cree que ha marcado el número de la farmacia.

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