Aquel lunes doce entibiábamos nuestras sillas al santo botón, esperando la llegada de nuestro querido profesor de Historia, aquel que hablaba de las guerras como si hubiese luchado en ellas: el profesor Babodilla. Habiendo recorrido las numerosas aulas de nuestro colegio y al no haber encontrado rastro alguno del profesor, decidimos preguntarle a la profe Luz.
―No viene hoy. Babodilla está de jornada.― aclaró la profe Luz, refiriéndose a una de esas jornadas de capacitación que organiza el Ministerio.
Le creímos hasta el recreo, cuando apoyados por la muralla que da a la ruta, distinguimos lo que parecía ser nuestro querido profesor en camisilla, pedaleando con furia sobre una bicicleta casi tan oxidada como las vías del ferrocarril, rumbo a la Plaza de Las Flores tal vez.
Aquél lunes doce, el profesor Babodilla no había aparecido y mirábamos nuestros voluminosos cuadernos de Historia como si fueran a cobrar vida, como si pudieran levantarse a explicar la clase de hoy. ¡Qué capacitación ni qué nada! Todos sabíamos (y es que lo habíamos visto muchas veces) que nuestro profesor se encaminaba a la bodega del barrio, a adquirir una o dos petacas.
Solíamos cruzarnos con él los domingos, la mayoría de las veces sobre Azucenas o Heriberto Gill, siempre montado a su bicicleta, saludando brevemente y creyendo que no notábamos las pequeñas botellas de whisky que llevaba bajo la manga. Y lo extrañábamos los lunes ya que al haber estado tanto tiempo ausente y para no perder clases, la directora nos asignó un reemplazante, un tal profesor Flores, histérico como mi abuelo cuando repentinamente el calefón deja de funcionar.
El profesor Babodilla apareció luego de un mes de ausencia, un mes de borrachera aguda, oliendo al alcohol más barato del barrio:
―¡Éste colegio está cada vez más loco! Yo me voy a dormir.― fue lo único que alcanzó a decir. Y se marchó.
Al profesor Babodilla no lo volvimos a ver, y si lo viéramos alguna vez, nos enseñaría que al león de nuestra bandera él le agregó dos.
