De jornada

Comentarios 1/9/2010

Aquel lunes doce entibiábamos nuestras sillas al santo botón, esperando la llegada de nuestro querido profesor de Historia, aquel que hablaba de las guerras como si hubiese luchado en ellas: el profesor Babodilla. Habiendo recorrido las numerosas aulas de nuestro colegio y al no haber encontrado rastro alguno del profesor, decidimos preguntarle a la profe Luz.

―No viene hoy. Babodilla está de jornada.― aclaró la profe Luz, refiriéndose a una de esas jornadas de capacitación que organiza el Ministerio.

Le creímos hasta el recreo, cuando apoyados por la muralla que da a la ruta, distinguimos lo que parecía ser nuestro querido profesor en camisilla, pedaleando con furia sobre una bicicleta casi tan oxidada como las vías del ferrocarril, rumbo a la Plaza de Las Flores tal vez.

Aquél lunes doce, el profesor Babodilla no había aparecido y mirábamos nuestros voluminosos cuadernos de Historia como si fueran a cobrar vida, como si pudieran levantarse a explicar la clase de hoy. ¡Qué capacitación ni qué nada! Todos sabíamos (y es que lo habíamos visto muchas veces) que nuestro profesor se encaminaba a la bodega del barrio, a adquirir una o dos petacas.

Solíamos cruzarnos con él los domingos, la mayoría de las veces sobre Azucenas o Heriberto Gill, siempre montado a su bicicleta, saludando brevemente y creyendo que no notábamos las pequeñas botellas de whisky que llevaba bajo la manga. Y lo extrañábamos los lunes ya que al haber estado tanto tiempo ausente y para no perder clases, la directora nos asignó un reemplazante, un tal profesor Flores, histérico como mi abuelo cuando repentinamente el calefón deja de funcionar.

El profesor Babodilla apareció luego de un mes de ausencia, un mes de borrachera aguda, oliendo al alcohol más barato del barrio:

―¡Éste colegio está cada vez más loco! Yo me voy a dormir.― fue lo único que alcanzó a decir. Y se marchó.

Al profesor Babodilla no lo volvimos a ver, y si lo viéramos alguna vez, nos enseñaría que al león de nuestra bandera él le agregó dos.

Cosas del cielo

Comentarios 28/8/2010

Uno abre la ventana, saca la cabeza y se pone a buscar lunas, alguna luna naranja como la del martes. Pero se han bebido el cielo, ni estrellas ni lunas ni naves quedan. Uno cierra la ventana y nota la cantidad de pestañas que están sobre el teclado, las que van cayendo silenciosamente con cada parpadeo.

Tratamos de aburrirnos juntos y finalmente nadie viene, se nos ocurren cosas, miramos al reloj e intentamos seguirle el paso a sus apuradas manecillas. ¿Por qué sólo los perros cenan purina? ¿Y nosotros?

Repentinamente uno se cree anciano, y se acaricia las canas, busca atrapar el flequillo ausente, la cómoda silla de la cocina se convierte en silla de ruedas, y abrimos la ventana una vez más, encontrándonos con otros ancianos aún más viejos que nosotros. ¿Cómo escapar de éste asilo?

Uno abre la ventana, saca la cabeza y desarma circos con la mirada, va desmantelando las enormes carpas blancas y burlándose de los payasos que salen corriendo. Alegría para los coulrofóbicos. También los magos, aquellos falsos hechiceros de varitas frágiles y puntiagudas, lenguas de abracadabra, de túnicas oscuras. Salen corriendo, y escapan como la araña al escuchar el impacto de la zapatilla. Los payasos podrían ir a otro circo, pero los magos ¿A quién hechizan los magos, a quién lastiman con sus frágiles varitas?

De seguro soy el Popeye sin espinacas, el que prefiere las tortillas de acelga, el del ojo tuerto, complejo de extinguidor. Que se pasa el día con la cabeza recostada por la pared, que no conoce la técnica de acariciar felinos con los pies descalzos y dormir. O el sujeto que no logra con la hondita la misma puntería del Duck Hunt, ¡qué importa!

Y usted debe ser el sol al que los astronautas no se acercan por temor a morir: Al que voy buscando, así como busco lunas, sabiendo que al encontrarlo me calcinarán sus rayos.

El Pombero (Ignacio A. Pane)

Comentarios 15/8/2010

¿No lo sientes? ¿no te espanta ese silbido

que ha salido del espeso matorral?

No es el grillo, ni la víbora

ni el fatídico chirrido del zuindá.

No es el viento que silbando se detiene

del callado cementerio en un ciprés.

Ni el arroyo en su salterio

cuyas notas se repiten con monótono sostén.

No es la voz con que se queja a media noche

tristemente en el boscaje urutaú,

no la débil voz doliente con que el pora nos revela

sus angustias cuando deja el ataúd.

Ni siquiera es el rapaz que nos visita

para hablarnos como el cuervo de Poe,

de Eleonora, de la amada que en su lecho

duerme tierna y soñadora, recordándonos tal vez.

Es el duende de la tierra que el Progreso

relegara a las estultas fantasías sin piedad...

es el genio de las noches paraguayas

que en el prado se desliza por el medio del chircal.

Es la sombra del pasado

Es el alma del indígena infeliz,

el fantasma que abandona con el véspero

su sepulcro guaraní.

Es el indio. Es el Pombero,

a quien llaman guaicurú

que se viste de follaje de las selvas

y el plumaje del ñandú.

En la sombra que los árboles arrojan

de la luna el resplandor

y en el hueco de troncos y en las zanjas

y en las grutas, sin un eco, se agazapa con temor.

Es el cuco. No os sorprenda niños míos,

que es un cuento, pero un cuento contra el mal.

Es vampiro misterioso que del niño vagabundo

chupa sangre con afán.

Al conjuro del muerciélago despierta

la luciérnaga le anuncia con su luz,

cuando rasgan con sus lampos

de las noches funerarias el capuz.

Él no corta el aire al sesgo de su vuelo

como el ave de rapiña nocturnal:

él se arrastra con sus silbos más temible,

más ligero que el veloz ñacaniná.

No hay gorjeo, no hay graznido,

no hay murmullo que no sepa repetir;

pues sus presas él atrae con sus remedos,

sus remedos de falaz cavureí.

Amalgama de hombre y fiera,

mitad ave sin sus alas, y serpiente otra mitad,

es el genio de las noches, en la tierra paraguaya,

y el cadáver errabundo de la raza de Guairá.

Por Ignacio Alberto Pane.

Enemigos Imaginarios

Comentarios 4/8/2010

I

El señor Amaral había llegado tarde aquel día, con los anteojos tamaño lupa y el vehículo destrozado. Ni María Teresa ni yo pudimos contener las risas que desató el pequeño Corsa estacionado frente a casa, con el caño de escape oxidado y tocando el suelo como un impotente falo. El señor Amaral había atravesado varios cientos de kilómetros para venir a casa y ajustar cuentas con la abuela Irene. Pero la abuela Irene no estaba.

―¿Dónde está Irene?― preguntó un arrugado señor Amaral.

―No está aquí. Está en el hospital, internada.―

―¡Carajo! ¿Planea salirse de este mundo sin pagar sus cuentas?―

―¿Y qué le vamos a hacer señor? Vuelva en unas semanas y yo veré qué hacer.― respondí, con el corazón palpitando agresivamente.

Lo observamos mientras subía al vehículo y cerraba la puerta tan bruscamente como para que no fuera a abrirse nunca más. María Teresa llenó la casa de candados gigantes y se acostó a dormir. La idea de que el señor Amaral tuviese matones a su servicio le habría espantado el sueño hasta las tres de la madrugada. Ella misma lo confesó al despertar. Le dije que no, que dejara de ver películas de mafiosos, que un viejo enclenque como él no sería capaz ni de espantar a un sapo.

María Teresa aprovechaba la ausencia de la abuela Irene para desplomarse en el sillón, poner reggaeton a todo volumen y acariciar al pequeño gato con los pies descalzos. María Teresa nunca le tuvo miedo a la toxoplasmosis. Irene sí, y por eso solía preparar un grueso y sólido chicote hecho de papel diario (sección deportes o política), con el cual espantaba al felino compañero. A mí me daba igual.

Transcurría octubre cuando una mañana sonó el teléfono y al atenderlo con ansiedad/prisa identifiqué la voz del buen doctor Carrillo: La abuela Irene, tan enferma y podrida, había fallecido. El doctor Carrillo habría presenciado aquel momento, aquel bostezo final y sin disimulo que deja al alma salir. Irene finalmente se había ido como solía hacer, sin despedirse.

Ante la trágica noticia no hallé mejor remedio que llorar, violando la ley universal del macho ("los hombres no lloran")... Pues los hombres lloran, claro que sí, las glándulas lacrimales no están de adorno. También María Teresa lloró y habríamos llenado palangas con tanto llanto.

Ni siquiera habíamos asistido al funeral. Queríamos olvidarlo todo. Así que empacamos nuestras cosas y nos iniciamos en la búsqueda de un nuevo techo. Necesitabamos un buen departamento, preferentemente con balcón puesto que a mí me encantan los balcones.

Hallamos uno.

II

Francisco iba por la calle vestido con la ropa de su difunto abuelo, con unos pantalones enormes en los que cabría una familia completa. María Teresa junto a él, enganchada a su brazo derecho y con vestido rojo. Ambos se dirigían al departamento de Don Luis, buen hombre que juraba les encontraría trabajo y que vivía solo, amargadísimo, loco por la repentina invasión de cucarachas en el sexto A.

Don Luis, ingeniero electromecánico con esperanzas de jubilarse pronto y dejar de atender las maquinarias del periódico Equis. Vivía tranquilo junto a su calculadora/computadora en el sexto piso, departamento A. Matando cucarachas cada dos por tres, y es que se le subían a los pies cuando se echaba a dormir la siesta o bien trataban de ingresar a los misteriosos rincones más allá de su calzoncillo (nacían, crecían, se reproducían y morían en las profundidades del sillón).

Francisco iba por la calle mitad ensordecido tal cual Van Gogh, responsabilizando a María Teresa y sus discos de reggaeton de la parcial sordera. Casi feliz de haber pactado una cita con un médico otorrinolaringólogo aunque temiendo seriamente que lo correcto hubiese sido una cita con el audiólogo (que tiene un nombre más corto, y según lo investigado, se especializa en cosas de la oreja y de más allá de la oreja).

El verdadero interesado en conseguir trabajo había sido siempre Francisco. De hecho María Teresa no sabía hacer mucho, el significado de las siglas C. V. le causaba intriga y la palabra currículum la asociaba automáticamente con supositorios, que a su vez, le recordaban a su estreñida niñez.

Finalmente el encuentro se concretó.

―Supongo que usted no sabe Don Luis, lo horrible que es salir de un departamento -el nuestro- para entrar a otro. Además, pregúntele a mi querida María Teresa: el ascensor de este edificio es más lento que un caracol.―

―¡Di-di-disculpe Fran-fran-cisco! Es que no hay otro-tro-tro techo bajo el cual dor-dor-mir.― respondió Don Luis.

María Teresa ya se había sentado en el sillón cuando Don Luis la vio y decidió advertirle que en el sillón de las cucarachas nadie se sienta excepto él, que no es un sillón para damas. Francisco prefirió seguir de pie al igual que Don Luis, apoyando la palma de la mano en el borde de la mesa. María Teresa ignoró la advertencia.

―¿Qué tal se vive aquí, Don Luis? ¿Será que los mormones tocan su puerta con cierta frecuencia?― preguntó Francisco mientras acercaba el dedo a una pequeña tarta que acababa de encontrar sobre la mesa. Siempre habían tartas sobre la mesa de Don Luis.

―Se vi-vi-ve bien... Felizmente-te-te no me visitan los mor-mor-mones. Aunque vienen-en unos chicos ca-ca-tólicos a pedir dona-na-na-ciones.― respondió Don Luis. Francisco saboreaba la tarta. María Teresa lo miraba enchastrarse y luego volvía la mirada a Don Luis, como si las culpables de la tartamudez hubiesen sido tantas tartas.

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